Categoría: Cultura

Un cuento sobre la lectura

por   |   3 Comentarios

Publicado el 21 febrero, 2012

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En Chamiza, cerca del kilómetro once de la Carretera Austral –la llamada gran obra de Pinochet, responsable de quemar miles de libros- nuestro personaje mira el cielo por décimo día seguido y se pregunta si es posible leer las estrellas. Nuestro personaje, a quién llamaremos de ahora en adelante Uno, tuvo veinte años una vez, viajó al Valle del Elqui y cree que la distancia recorrida entre el Cochiguaz y Chamiza, unos mil quinientos kilómetros al ojo, son más o menos similares a los quince años que separan ese verano de éste en el sur de Chile –acaso no es todo Chile territorio sur, piensa- donde apenas tiene un sorbo de vino en la boca y no un chupito rebosante de San Pedro rico en mescalina.

Uno piensa, siguiendo a Orión con la memoria, que esa vez fue capaz de leer las estrellas. Al rato se cae todo y encuentra patética su reflexión ya que antes de tomar droga veía apenas el carro de supermercado de Orión y ahora no es capaz de ver las líneas rojas que se extendían y unificaban la realidad, el universo. Pasa un satélite. A los veinte, incluso a los veinticinco, se habría esforzado por ver en él un ovni o al menos una estrella fugaz. No se acabó el mundo el 2000, piensa, tampoco el 2012, a pesar de la insistencia de algún amigo, de las fotocopias de Profecías y Círculo de Fotones.

Ese verano me gustaba Benedetti. Leí Otra vuelta de tuerca y no entendí nada, leí el El extranjero y su lectura no tiene nada que ver con la de hoy. Leí Los detectives salvajes de un tirón y el cuadrado prepicado del final me pareció genial y ahora me parece el vacío más inmenso, lo más cercano a un concepto fantasma, piensa, y se le erizan los pelos de los brazos e intenta explicarlo una vez más, pero es incapaz. ¿Es posible que lo escrito o lo bien escrito sea una guía o camino directo al vacío, a las zonas mudas?

Uno cree que está borracho, entra a su cabaña de verano, da una ojeada a su biblioteca y luego se va a la cama. Debe regresar a Santiago a trabajar, por lo que es primordial descansar. Diez libros que han cambiado mi vida se dice y su lista mental le parece menor. Eso de ‘libros que han cambiado mi vida’ le parece exagerado, aún así esboza ya no libros, sino, autores. Borges, dice y se detiene, porque con eso tendría de sobra. Ficciones de Borges, si me llevaran preso me llevaría Ficciones o incluso sólo ‘El sur’ o ‘Funes el memorioso’.

Piensa en Rulfo, ve el rostro de Rulfo y luego el de José Donoso, aunque José Donoso no le gusta tanto como antes. Intenta ver el rostro de Faulkner, pero no lo encuentra y se le confunde con el de Proust, incluso con el de Poe. Qué miseria, piensa, ya no tengo memoria. A la rápida esboza: con C; Capote, Carver, Catulo, Campana. Con H; Hemingway, y se tranca. Con L; Lihn. Con P; Pitol, Parra, Pizarnik, Pound, Perec, Pavese ¡que viva la P, es un alivio! ¡Qué joya Lavorare Stanca! y luego con M y dice Maquieira. Con U; Ungaretti. Piensa en las pobres escritoras discriminadas por el canon y se duerme.

Sólo lleva al avión un libro, que da vueltas sobre la lectura tal como su cabeza durante estas últimas doce o trece horas. Se titula El viajero más lento, el arte de no terminar nada y su autor es el barcelonés Enrique Vila-Matas. Uno ya lo leyó, pero sólo recuerda algunos nombres como Lichtenberg y Bioy y que E Vila-Matas al revés es algo así como Satán vivo (Satam Alive). Lo ojea durante quince minutos, lee el epílogo, sonríe y se dedica a comer.

Uno no tiene auto y toma el transfer hasta el metro Los Héroes. Debe ir hasta Baquedano para combinar con la línea 5. En el trayecto es incapaz de leer, está hipnotizado espiando lecturas ajenas. Una señora encierra las palabras de su sopa de letras. Un niño, mitad punk, mitad hippie, lee un libro de Castaneda. Se exaspera un poco. Una rubia vestida de hippie Falabella lee a Alejandro Jodorowsky. Es poeta al menos, piensa Uno. Los Publimetro se amontonan en los asientos, se baja.

Se asoma a la Bibliometro y sólo ve libros demasiado leídos o best sellers. El cartero de Neruda, Canto General, La tregua, Cuentos completos, etcétera, es el ínfimo universo del lector joven de izquierda o iluminado marihuanero. Es una farsa lo del Fomento a la Lectura, piensa, y recuerda aquella Biblioteca Municipal de Buin donde el encargado ponía canciones de Sabina, Arjona o en el mejor de los casos a Vivaldi o el somnífero Erik Satie. Qué importa que la mayoría no sepa que esa composición impresionista es obra de uno de los precursores del teatro del absurdo, dice Uno para sus adentros. Qué importa si en esa biblioteca en vez de leer la gente sigue yendo a usar un computador para chatear o hacer trámites.

Llega a la estación Irarrázaval. Quizás si la educación fuera mejor –ya no se atreve a definir una mejor educación- la gente tendría otros intereses. A lo mejor si fuéramos protestantes y no católicos, si nos hubieran conquistado ingleses, alemanes o nadie, seríamos un pueblo más abstracto. Uno sabe que está todo perdido y no le importa. ¿Qué tanto puede pasar? En la escalera unos borrachines le piden monedas y Uno no les da. Es el primer lunes de marzo, el día más ambiguo del año. Otro primer lunes, piensa, veraniego y empaquetado. Compra un helado. Pasa un auto-discoteque, un carro de fuerzas especiales en dirección a Grecia. Uno mira el cielo. La micro no pasa hace cuarenta y cinco minutos. En el paradero hay otras personas indiferentes que se confunden con el perro que echa siesta bajo el sol. Uno prende un cigarro. No se hace problemas en esperar.

3 Comentarios

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  1. M….Maqueira?..¿¡Maqueira?!

  2. ESTO ES COMO LA LISTA DE LOS 100 LIBROS QUE HAY QUE LEER ANTES DE MORIR. EXCEPTUANDO A MAKEIRA, CLARO

  3. Y Uno va a la Bibliómetro y aparte de encontrar best sellers, están todos demasiado caros.